Adrián Di´Marco. Respire profundo, una, dos, tres veces. El aire del baño era fresco, pero aun así me faltaba. Como si mis pulmones se hubieran encogido, incapaces de llenarse del todo.Bajé la mirada a mis manos. A mis dedos.La sangre seca se había incrustado entre las grietas de la piel, formando costras oscuras que se desmoronaban con cada movimiento. La sangre de Sharon. La vida de Sharon. Escurriéndose entre mis dedos.Comencé a desabrochar la camisa. Los botones cediendo uno a uno, y el algodón se despegó de mi piel con un sonido áspero, seco. Porque la sangre ya no estaba húmeda. Ya no era caliente. Solo era una mancha oscura, fría, muerta.Me quité la camisa.Mis dedos recorrieron mi pecho. La sangre también había llegado hasta allí, formando regueros que se perdían en mi cintura. Cerré el puño sobre la tela. La arrugué. La apreté contra mi pecho, sintiendo su textura áspera, sintiendo el peso de lo que representaba.No lloré.No podía.Las lágrimas se quedaron atrás, quemán
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