Adrián Di´Marco.
La noche nos envolvió con su manto de estrellas y silencio.
Salimos del restaurante con las manos entrelazadas, nuestros cuerpos aún cálidos por el vino y la promesa de una velada que sabíamos que no olvidaríamos. La luna llena se alzaba sobre el horizonte, derramando su luz sobre el mar y tiñendo las olas de un brillo irreal. No había nubes. Solo el cielo infinito, las estrellas titilando como diamantes dispersos, y ella.
Siempre ella.
— ¿Vamos a la playa? — preguntó Sharon, s