Después de una noche que pareció eterna, los primeros rayos de sol comenzaron a filtrarse por las rendijas de las cortinas, dibujando haces dorados que bailaban sobre las sábanas revueltas. La luz era tibia, perezosa, como si el sol también se resistiera a despertar del todo.
Abrí los ojos con lentitud, sintiendo el peso de una noche de insomnio y sueños a partes iguales. Mi mejilla descansaba sobre el pecho de Adrián, y el vaivén de su respiración era como una canción de cuna que aún no quería