Adrián Di'Marco.
Pasaron las horas. No sé cuántas exactamente. El tiempo, en este avión que surca el Atlántico sur, se había vuelto una sustancia elástica, a veces lento, a veces inexistente. Afuera, la noche se había instalado sobre el océano, y las nubes que se deslizaban tras las ventanillas parecían algodones oscuros flotando en la inmensidad.
Sharon dormía sobre mi pecho.
Su respiración era lenta, profunda, un vaivén que empujaba suavemente su cuerpo contra el mío. Su cabello, aún húmedo p