Elizabeth Carnegie. Lucius me levantó de un solo jalón, como si no pesara nada. Pero a la vez, fue delicado. Como si supiera exactamente cuánta fuerza podía aplicar sin romperme.Mis piernas temblaron. De inmediato supe que, de no ser por él, no habría sido capaz de mantenerme en pie. El mundo seguía girando a mi alrededor, borroso, inestable, y el único punto fijo era su pecho contra mi hombro, su mano en mi cintura, su calor filtrándose a través de la tela de mi ropa manchada de sangre.Lucius me observó un segundo, uno que se sintió como una eternidad. Sus ojos azules recorrieron mi rostro, evaluando, midiendo. Luego preguntó:— ¿Puedes caminar?Su voz era grave, pero no impaciente. Era un tono que no trasmitía urgencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo para estar aquí, conmigo.Tragué saliva. Intenté mover los pies, pero mis piernas respondieron con un temblor que me avergonzó.— No lo sé — respondí, y la honestidad de mis propias palabras me sorprendió.Lucius suspiró. N
Leer más