El ascensor nunca había parecido tan pequeño ni tan falto de aire como en ese instante, la puerta se abrió con un timbrazo brusco y, por un segundo, nadie prestó atención, o se cercioro de quien era el nuevo ocupante, todos estaban demasiados concentrados en las últimas frases sobre la vida privada de Pilar, todavía vibraban en el aire, nítidas, impúdicas, hasta que Sofía fue la primera en verla, y fue cuando sus ojos y por poco se salen de sus cuencas, como si alguien le hubiese apretado la garganta, y fue cuando dio un respingo ahogado al encontrarse con Pilar allí, de pie, justo frente a ellos, inmóvil como una acusación.Entonces uno a uno, los demás fueron girando la cabeza, con la lentitud torpe de quienes saben que están haciendo algo imperdonable, como si fueran personajes de una película de terror dándose vuelta hacia el monstruo que siempre habían temido ver, y ahora sí, el murmullo se desmoronó de golpe hasta convertirse en un silencio espeso, casi violento.Nadie se atreví
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