Marta no podía creer lo estúpido que era su hijo.Siempre lo había sabido, en el fondo, desde que Daniel era un niño, cada gesto, cada vacilación, cada duda le recordaba demasiado a Darío, ese mismo temple blando, esa tendencia a desmoronarse cuando las cosas se complicaban, y ahora, al verlo arruinarlo todo por el tan llamado “amor ideal”, la repugnancia que sentía se le subía al estómago como bilis caliente.“Eres igual a tu padre”, pensó con frialdad, clavándole la mirada, “Débil. Sentimental. Un fracaso.”Lo irónico era que Marta jamás habría aceptado que, en realidad, Daniel se parecía mucho más a ella de lo que estaba dispuesta a reconocer, porque a Daniel no lo movía el amor; no amaba a Pilar, no en el sentido noble de la palabra, lo que lo quemaba por dentro era la idea de perder ante Ares, perder dinero, perder posición, perder la sensación de control, exactamente como ella.—Lo hecho, hecho está —dictaminó Marta, cruzando las piernas con estudiada elegancia. — Simplemente ma
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