OriónCorrí.No como un Alfa al mando de un ejército en batalla, ni como un estratega midiendo distancias y formaciones, sino como un hombre cuya alma ya se desgarraba.Mis disparos impactaron contra la piedra y la tierra, apenas oyéndose bajo mis pies mientras atravesaba el campo de ejecución.El rugido del acero de batalla chocando, los lobos gruñendo, las brujas gritando hechizos se difuminaron en un ruido distante y sin sentido. «Elara», susurré, su nombre arrancado de mi pecho como una plegaria y una maldición. «Elara».La plataforma se alzaba imponente, alta y bañada por la luz de las antorchas. Una densa humareda se elevaba en el aire, impregnando el hedor a sangre, ceniza y magia quemada. Mi corazón latía con tanta fuerza que me dolía, cada latido gritaba la misma pregunta una y otra vez.¿Había llegado demasiado tarde?Llegué al altar y todo dentro de mí se quebró.Yacía allí, inmóvil, rota, encadenada, no más, sino inmóvil.Su cuerpo yacía tendido sobre la piedra tallada, co
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