Elara
No dormí esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, oía su voz, medida y serena, decidiendo mi valor como si fuera una pieza en un tablero. Las paredes de mi habitación se sentían más cerca de lo habitual, oprimiéndome con el mismo peso sofocante que una vez conocí como una Omega sin nombre ni opción.
Cuando el amanecer finalmente se coló por las estrechas ventanas, pálido y frío, me levanté en silencio de la cama. Mi cuerpo aún resentía todo lo que había soportado, pero el dolor se sentía