Elara
El sol se alzaba pálido y titubeante sobre el horizonte, proyectando finos rayos de luz sobre los fuertes vientos de mi habitación.
Incluso en la cálida mañana, un escalofrío me recorrió, no por el frío, sino por la pesadez de ser observada. Podía sentirlo en el aire, el silencioso escrutinio de la manada, las miradas ocultas de quienes una vez susurraron sobre mí tras puertas cerradas.
Había sobrevivido a la humillación pública, soportado la crueldad de Freya, y aun así, el mundo parecía cambiar de maneras que me hacían más pequeño a pesar de todo lo que había ganado.
La presencia de Orión era constante ahora, una sombra que se movía dondequiera que iba.
Afirmaba que era para mi protección, que cada mirada y cada paso debían ser contabilizados.
Y, sin embargo, no podía evitar la asfixiante sensación de que la jaula simplemente había cambiado de forma. No estaba encadenado físicamente, no como antes, pero el muro invisible me apretaba con la misma fuerza. Cada pasillo que pasaba