DANTENo me gustan las sorpresas. Prefiero el orden, las cosas en su lugar, saber qué esperar. Por eso, cenar con mi mamá en Milán siempre me calma.Ella es mi ancla, la única persona que me conoce de verdad, y yo me preocupo por ella más de lo que admito.Esa noche, después de un viaje corto desde el pueblo, me senté frente a ella en un restaurante discreto, uno de esos sitios caros, pero sin pretensiones que a ella le gustan. La luz suave de las lámparas caía sobre su rostro, y noté cosas. Había bajado de peso —sus pómulos estaban más marcados—, se había cortado el pelo en un estilo más corto y elegante, y llevaba unos pendientes nuevos, perlas grandes que brillaban con cada movimiento. Estaba hermosa, como siempre, pero había algo frágil en ella que me apretó el pecho.—¿Qué tal el risotto, Dante? —preguntó, su voz suave, levantando la copa de vino con una sonrisa.—Perfecto —dije, cortando un trozo de mi filete—. Pero tú estás comiendo poco. ¿Estás bien?—Siempre tan preocupado —d
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