CAPÍTULO 92Augusto estaba sentado en su sillón de lectura, con las piernas cubiertas por una manta ligera, mirando hacia el jardín sin ver realmente los rosales. Matilde, sentada frente a él dejó su taza de té sobre la mesa baja y lo observó con esa agudeza que sesenta años de matrimonio le habían otorgado. Conocía cada arruga de su rostro, cada suspiro, cada silencio.— Querido —dijo ella, rompiendo la quietud con suavidad—, ahora que nuestros hijos están bien, que la empresa parece haberse estabilizado con el nombramiento de Lucía, y que tus nietos también parecen haber encontrado un rumbo... ¿por qué tengo la sensación de que no estás del todo contento?Augusto miró a su esposa. Sus ojos grises, habitualmente brillantes de astucia, estaban nublados por una preocupación profunda.— Estoy tranquilo por una parte, Matilde. Alexander parece haber encontrado el camino de su vida. Esa muchacha, Lucía, ha sido la mejor medicina para su arrogancia y su soledad. Lo está humanizando a pasos
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