CAPÍTULO 84Mientras en el piso de presidencia se celebraban victorias, en el subsuelo de la moral corporativa, Roberto De la Vega buscaba desesperadamente una pala para cavar la tumba de su sobrina política.— Y bien, Estrada —dijo Roberto, tamborileando los dedos sobre la mesa—. No tengo todo el día. Dime que encontraste algo. Dime que está lavando dinero, que tiene deudas de juego, que le paga a un amante... ¡Algo!Estrada abrió su maletín y sacó una carpeta fina. Demasiado fina para el gusto de Roberto.— Señor De la Vega, he revisado todo. Cuentas bancarias personales, movimientos de la clínica veterinaria, tarjetas de crédito, historial crediticio de los últimos diez años.— ¿Y? —Roberto se inclinó hacia adelante, ansioso.— Y no hay nada, señor.Roberto golpeó la mesa con el puño.— ¡Imposible! Nadie está tan limpio. Esa mujer apareció de la nada. Tiene que haber suciedad bajo la alfombra.— Se lo aseguro, señor. Está impecable. —Estrada abrió la carpeta y señaló unos gráficos—
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