El aire de la medianoche no solo era frío; pesaba. Se sentía espeso, cargado de una electricidad estática que hacía que cada vello de mis brazos se erizara. Me encontraba de pie en el centro del Claro Ancestral, un círculo sagrado de tierra y piedras antiguas ubicado en el corazón del bosque protegido, lejos de los muros del castillo. El suelo estaba cubierto por una fina capa de escarcha que crujía bajo mis botas, pero por dentro, mi cuerpo ardía.Tenía trece años, y mi sangre ya no me pertenecía. Se había convertido en un torrente de lava que golpeaba contra mis venas, exigiendo romper la prisión de mi carne humana.A pocos metros de mí, las dos siluetas más imponentes de mi vida me observaban. Mi padre, el Alfa Xavier, permanecía inmóvil como una estatua de granito. Su enorme figura de guerrero infundía un respeto absoluto en la penumbra, y sus ojos dorados brillaban con una fijeza analítica que, esta vez, arrastraba una profunda marea de empatía mística. A su lado, mi madre, la Lu
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