La tranquilidad duró poco, como era de esperarse.Días enteros sin llamadas extrañas a medianoche, sin discusiones que terminaban en gritos ahogados, sin amenazas disfrazadas de consejos... Para Dante, aquello ya era más que sospechoso; era una anomalía que ponía todos sus sentidos en alerta máxima. Había aprendido, a base de golpes duros y pérdidas irreparables, que en su mundo la calma nunca era gratuita. Siempre venía precedida de algo peor.La luz del sol se filtraba a través de los altos ventanales de la mansión, dibujando patrones dorados sobre los muebles de madera oscura y los tapices. Valentina estaba sentada en la sala principal, con las piernas cruzadas y el portátil sobre las rodillas. Revisaba informes pendientes del trabajo, aprovechando por fin la posibilidad de concentrarse sin sentir aquellos ojos invisibles seguían cada tecleo, cada respiro, cada movimiento que hacía. Su cabello caía suelto sobre los hombros, y de vez en cuando se mordía el labio inferior, concent
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