En otra parte de la villa, en la sala de seguridad tenuemente iluminada, Vincenzo observaba la pantalla con la mandíbula tan apretada que le dolía. El vaso de whisky en su mano estaba a punto de romperse. Cada beso, cada caricia, cada palabra posesiva de Dante se clavaba en su pecho como un puñal. Amaba a Valentina, el lo admitía en silencio, en la oscuridad de esa habitación. La amaba con una intensidad que lo consumía, que lo hacía cometer errores. Y ver cómo Dante la marcaba, cómo la besaba delante de la cámara, era una tortura que lo volvía loco poco a poco, y ahora mismo, odia ver a su hijo con ella.— Hijo de puta… —gruñó entre dientes. Sus dedos se tensaron alrededor del vaso hasta que los nudillos se pusieron blancos. Quería entrar en esa habitación y arrancarla de los brazos de Dante, quería recordarle a Valentina todo lo que habían vivido, todo lo que él podía ofrecerle, pero no podía.Alejandro seguía en la villa por una razón muy específica. Y Vincenzo necesitaba mante
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