Lía, por su parte, también lo vio. Jorge Cancino se destacaba como siempre: impecable, elegante, con ese aire de hombre seguro que sabía cómo imponerse sin decir una palabra. Su traje oscuro, su porte distinguido, su mirada profunda… nada había cambiado en él, salvo quizás aquella melancolía que ahora asomaba en sus ojos cuando la miraba.Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Sus miradas se cruzaron. No hubo palabras, solo ese silencio cargado de historias no dichas, de lo que pudo ser y no fue, de heridas que aún dolían, pero también de un amor que, pese a todo, seguía ahí, respirando entre los dos.Y aunque Lía intentó mantener la compostura, una leve sonrisa —dulce y temblorosa— traicionó su serenidad.Jorge lo notó. Y esa sonrisa, apenas un destello, bastó para desarmarlo por completo.Jorge había ido a acompañar a Dayana a la galería. Ella, junto con varios más, había sido contratada para atender el evento, sin sospechar que Lía era la dueña de aquella magnífica exposició
Leer más