El humo se elevó en espirales lentas, llenando la habitación de un olor agrio a papel y perfume.Mary se arrodilló frente a las llamas y murmuró con la voz envenenada por el odio:—Si Nicolás cree que puede quitarme lo que me pertenece… se equivoca.Le robé su firma una vez… y volveré a hacerlo.Pero esta vez no solo le arrebataré su empresa, también su paz… y a quien se atreva adefenderlo.Una lágrima solitaria corrió por su mejilla, pero no era de tristeza: era de furia contenida.Se levantó lentamente, con la mirada encendida y el fuego del espejo reflejándose en sus ojos.—Ni tú, Nicolás… ni tú, Jorge —susurró, con una sonrisa amarga—. Ninguno me verá caer.En ese instante, la puerta se abrió ligeramente. Betty asomó el rostro, preocupada.—¿Mamá? ¿Estás bien?Mary respiró hondo, ocultando la rabia tras una calma fingida.—Sí, hija… —respondió, con voz dulce—. Todo está bien.Pero sus ojos, fríos como el acero, decían otra cosa.Mientras Betty se marchaba, sin sospechar nada, Mar
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