El azabache empezó a besar su cuello mientras acariciaba su espalda baja. Eran toques ligeramente subidos de tono, haciendo que, cada vez más, el ambiente subiera de temperatura. Había necesitado su presencia durante el día: esos ricos besos y esa sonrisa que tanto lo calmaban. Toda ella era magnífica para hacerlo sentir bien y en paz.Jamás cambiaría ese sentir por otro, porque estaba seguro de que nada lo llenaría. Nada lo complacería como Sofía. Y no solo hablaba en lo sexual, sino en todos los sentidos. Siempre había pensado que no había mujer más perfecta y bella que ella, y en definitiva, jamás dejaría de pensarlo, hasta que la muerte los separara.Sofía rió, separándose un poco de él. Sabía lo que él pretendía hacer, y le gustaba, claro que lo hacía. Era su Fernando, el hombre que solo quería que la tocara por el resto de su vida. Sin embargo, no era el lugar donde podían hacer cosas sucias sin restricciones. Cualquiera podía tocar la puerta, entrar, y verlos como estaban, pasa
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