—Yuri, trae las llaves de esta habitación —le escuchó decir.—Si te atreves a abrir esta puerta, Fernando Devís, te juro que tomaré mis cosas y me iré de tu casa —le advirtió, y el azabache se detuvo.—Sofía, bebé, por favor... hablemos.—Buenas noches, Fernando... —dijo con los ojos llorosos y no volvió a hablar.---Fernando suspiró profundamente, dio vuelta a la llave y entró a la habitación, una que no era la de él. Sí, recordaba cómo Sofía lo había amenazado con irse si se atrevía a entrar, pero no podía más. Necesitaban hablar, explicarle cómo todo surgió, y solo rogaba para que le creyera o, al menos, lo perdonara.No había podido dormir en toda la noche pensando en cómo arreglar las cosas con Sofía. Ella no podía creer que él fuera capaz de fallarle de esa manera. Nunca en su vida algo como eso se le había atravesado por la mente, ni por coincidencia. Él solo tenía ojos para su amada novia, y que ella pensara lo peor de él en ese momento lo ponía muy mal.Tenía la esperanza de
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