Sofía tampoco pudo resistir más. Lo quería, lo deseaba, y ya no había autocontrol capaz de detenerla. Lentamente, llevó sus manos hasta enredar los dedos en las sedosas hebras del cabello de Fernando, intensificando el beso de una forma que lo dejó sorprendido. La pequeña azabache estaba disfrutándolo tanto como él, dejando atrás el orgullo que tantas veces la había detenido. Ahora, ambos se entregaban a ese momento, explorando el sabor contrario, mientras sus lenguas se entrelazaban en un vaivén de deseo.Fernando, por su parte, dejó que sus caricias fueran más firmes y apasionadas. Sus manos recorrieron la extensión de su espalda, deteniéndose justo en sus inicios, marcando un límite claro. No iría más allá sin su consentimiento, y esa consideración hizo que Sofía se sintiera segura y aún más atraída hacia él.—Te amo, Sofía —musitó Fernando entre besos, mordiendo suavemente sus labios con devoción. Su voz era un susurro cargado de emoción, y cada palabra parecía llenar el corazón d
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