LÉONIELos observo a veces, sin que ellos me vean. Mamá está sentada en su escritorio, las gafas en la punta de la nariz, corrigiendo trabajos. Papá entra, un dossier en la mano, y se detiene en el umbral. No dice nada. La mira. Solo la mira. Y en su rostro, tan serio normalmente, aparece esa sonrisa. Esa pequeña sonrisa que nadie más ve, creo. La que dice «Estás aquí, y todo va bien».Es increíble, si se piensa. Su historia. La que Papá me contó a trozos, cuando era más joven. Una historia de traiciones, de mentiras, de gente mala. Una historia que debería haber terminado mal.Pero no terminó mal.Miro por la ventana de mi habitación. Víctor y Antoine juegan al fútbol en el césped. Víctor, con trece años, empieza a ser realmente bueno. Antoine, diez años, corre detrás de él con una determinación feroz. Sus gritos alegres suben hasta mí.Esta casa. Siempre ha estado ahí. Es como un personaje de su historia de ellos. Llena de colores, de libros, de plantas que se desbordan. Huele a pan
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