24. Furia.
LeonardoEstaba furioso cuando llegué al rancho. Lo primero que se me vino a la mente era reclamarle a Zaira y decirle sus verdades del por qué salió del rancho; esa iba a ser una buena excusa para quitar mi furia con ella. No sabía qué hacer, claro, iba a hacerla pagar. Al entrar, Marcos se encontraba ahí; al verme me saludó, pero luego notó mi rostro. Yo no dije nada, entré directamente a la casa grande y él venía detrás de mí. María estaba ahí; al verme se puso rígida.—Señor Leonardo, buenas tardes —susurró ella, temiendo que yo la tratara como pensaba hacerlo; sin embargo, no lo hice porque mi enojo no era con ella.—Buenas tardes, María. Luego hablaré contigo. ¿Zaira se encuentra en su habitación?—Sí, hace poco subió.—Bien. Que nadie nos interrumpa.María asintió, mirándome expectante. Subí a la habitación y ni siquiera toqué la puerta; entré. Ella estaba con una toalla, al verme, se sujetó la toalla. La tomé del brazo con enojo y la lancé en la cama.—¿Qué sucede contigo, Leo
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