La sangre de Raffaele Lombardi todavía olía en la casa cuando amaneció.No importaba cuánto fregáramos: el olor se metía en las grietas del piso, en las rendijas de las puertas, en la tela de los sillones. Lorenzo se negaba a entrar en la cocina; decía que veía fantasmas en las manchas que ya no estaban. Valeria, en cambio, se había vuelto más callada, más observadora. A veces se quedaba mirando el mar durante horas, como si esperara que el agua le devolviera algo que le habían arrancado.Dante no dormía.Se sentaba en la terraza con la pistola sobre las rodillas, mirando la oscuridad como si pudiera obligarla a confesar. La herida del muslo se le había infectado; el médico que trajo Giovanni le puso antibióticos y le cosió quince puntos sin anestesia. Dante no se quejó ni una vez. Solo apretaba los dientes y seguía vigilando.Yo tampoco dormía mucho.Cada vez que cerraba los ojos veía la cuerda colgando de la ventana, veía las manos desconocidas arrastrando a mis hijos por la oscurid
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