—Dante, no me mientas. Esa llamada de Giovanni no era por un puerto cualquiera —dije, cruzando los brazos mientras lo observaba desde la puerta de la habitación. La lluvia seguía cayendo afuera, un tamborileo constante que parecía burlarse de la calma que habíamos fingido durante semanas.Él se giró lentamente, con Sofia aún dormida contra su pecho. Sus ojos azules, esos que una vez me habían devorado en un estudio oscuro, ahora cargaban un peso nuevo. Cansancio. Rabia contenida. Y algo más oscuro, algo que reconocí de los viejos tiempos en Roma.—No es mentira, Isabella. Es... un eco. Alguien en Palermo está removiendo nombres viejos. Dicen que Raffaele dejó un hijo bastardo. Un muchacho de diecinueve años llamado Luca. Lo llaman el Heredero Fantasma. Giovanni cree que está reuniendo a los descontentos, prometiendo restaurar el “honor” de los Lombardi.Me acerqué y tomé a Sofia con cuidado, depositándola en la cunita. La bebé suspiró, ajena a todo. Mi mano tembló un segundo al soltar
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