El amanecer llegó sin fanfarria, solo con una luz gris que se filtraba entre las nubes bajas y teñía el mar de un color plomizo. La casa seguía oliendo a desinfectante y a la sangre que habíamos limpiado a medias de las baldosas. Mi madre dormía en la habitación de invitados, sedada por los calmantes que el médico había dejado. Lorenzo y Valeria se habían quedado dormidos al fin, abrazados en la misma cama, como si temieran que separarse significara perderse otra vez.Dante y yo estábamos en la cocina, sentados frente a frente con dos tazas de café negro que ya se había enfriado. Tenía el hombro vendado y el muslo hinchado bajo el pantalón suelto. Yo llevaba una camiseta suya que me llegaba a los muslos, con el brazo izquierdo todavía ardiendo por el roce de la bala. Ninguno hablaba. El silencio era cómodo y pesado al mismo tiempo, como el aire después de una tormenta que casi nos lleva todo.—Se acabó —dijo él al fin, con la voz ronca de tanto no usarla.Lo miré. Sus ojos azules esta
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