Alessandro y Aurora subieron hacia la casa de seguridad solitaria en el acantilado de Calabria. El aire era pesado, cargado con el olor salado del Mediterráneo y la certeza de la traición. Entraron en la estructura. En el centro del salón, sentado frente a una mesa vacía, estaba Silvio Moretti, sereno. A un lado, de pie, Dario. Y en la esquina, encadenado, el padre de Aurora, exhausto, pero vivo. —Qué decepción, Alessandro —dijo Silvio, con una sonrisa fría—. Esperaba un ejército, no un amante y su prometida. —El ejército es innecesario cuando la bala es tan precisa —replicó Alessandro, con el arma lista pero oculta bajo su chaqueta—. Liberas al hombre. Yo te entrego el control del transporte marítimo que perdiste. Un empate. —¡Falso! —rugió Dario—. ¡La perra debe morir! ¡Y tú te arrodillas! Silvio levantó una mano, deteniendo a su hijo. —La verdad, Alessandro, es que me aburren los tratos. El hackeo de tu prometida, la autodestrucción de tu padre… fue un gran espectáculo. Pe
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