Ana obedeció y se dirigió hacia Adriana. Mientras tanto, Tomás sintió un agudo dolor de cabeza. Se sostuvo del pasamanos unos segundos hasta que la presión cedió un poco. Los dolores eran cada vez más intensos, y aún no había probado las pastillas que le había dado Bella. Tal vez había llegado el momento de hacerlo. Esa noche, sin decir nada a Adriana, tomó las pastillas y, por primera vez en semanas, durmió profundamente hasta el amanecer. A la mañana siguiente, Tomás se despertó sintiéndose renovado. Dos semanas de insomnio habían mermado su fuerza, y ahora, tras dormir bien, la emoción lo desbordaba. Sonrió a Adriana, deseando compartir su alegría con ella. —Adriana, dormí bien anoche. Ella apenas levantó la vista, asintió sin interés y cambió de tema: —Tomás, lo pensé mucho ayer… y creo que me equivoqué. La frialdad de su esposa borró de golpe la emoción de Tomás. La miró, exquisitamente vestida, envuelta en lujos, y sintió una punzada de vacío. Aquella mujer, su alma gemel
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