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No muy lejos, sentado en un cubículo, un hombre le dio un codazo a Gordon:
—Mira, vi a una belleza de otro mundo. Con esa cara puede volverse famosa en un segundo. Nuestra compañía necesita chicas así. Quiero acercarme a ella.
Gordon lo jaló de la camisa y lo obligó a sentarse.
—Trista, olvídalo. Esa probablemente sea la esposa del jefe. No tienes ninguna oportunidad.
—¿La esposa del jefe? —replicó incrédulo Trista—. No digas tonterías. Él ya es mayor y está destinado a morir soltero.
Gordon sonrió para sí mismo, pero decidió no discutir. En cambio, llamó a Alexander. Justo antes de colgar, le informó:
—Alexander, vi a Isabella en un bar.
—¿Dónde? —preguntó Alexander, sin cortar la llamada como Gordon esperaba.
Gordon aprovechó y negoció:
—Si aceptas dejarme actuar en la película de Katrina, te lo diré.
—Está bien —respondió Alexander sin dudar.
Gordon le dio la dirección de inmediato y, en cuanto terminó, Alexander colgó.
Demasiado feliz para enojarse, Gordon se jac