Su risa los dejó embobados, como gansos hipnotizados.
—Díganme —preguntó con tono casi juguetón, apoyando la barbilla en su mano—, además de desfigurarme, ¿qué más les pidió Michelle Roosevelt?
Ellos, convencidos de que no tenía escapatoria, contestaron sin pensarlo:
—Que te cortáramos las dos manos.
—Echa la culpa a tu buena apariencia —agregó otro—. Solo hacemos lo que nos pagan. Tal vez, en tu próxima vida, quieras ser menos bonita.
—Te metiste con la persona equivocada —rió el cuarto—.