capítulo 38

Su risa los dejó embobados, como gansos hipnotizados.

—Díganme —preguntó con tono casi juguetón, apoyando la barbilla en su mano—, además de desfigurarme, ¿qué más les pidió Michelle Roosevelt?

Ellos, convencidos de que no tenía escapatoria, contestaron sin pensarlo:

—Que te cortáramos las dos manos.

—Echa la culpa a tu buena apariencia —agregó otro—. Solo hacemos lo que nos pagan. Tal vez, en tu próxima vida, quieras ser menos bonita.

—Te metiste con la persona equivocada —rió el cuarto—. La última chica que enfadó a Michelle terminó hecha un monstruo.

Isabella sonrió levemente. Ahora estaba claro: Michelle era reincidente… y no era la primera vez que contrataba a esa clase de sabandijas.

Frunció el ceño y preguntó con curiosidad: —¿Cómo piensas desfigurarme la cara?

Uno de ellos sacó un cuchillo, que brilló con un filo frío mientras lo balanceaba en el aire.

—Con esto.

—Será mejor que no te resistas; si luchas no será solo tu cara la que destrocemos. Lo haremos rápido por
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