Penélope se encontraba sola en su habitación. Para sorpresa suya, la doctora le agradaba; le resultó fácil hablar con ella, era una mujer cálida, con una presencia tranquila que inspiraba confianza. Habían estado juntas por casi tres horas, y Penélope sentía que, por primera vez en mucho tiempo, había logrado soltar parte del peso que llevaba encima. Golpearon la puerta. —¿Quién es? —preguntó asustada. —¿Se puede pasar? —preguntaron del otro lado. Era Teresa, que le llevaba una bandeja con cosas deliciosas para que comiera. —Sí, adelante —respondió Penélope. —Te he traído esto —dijo Teresa, entregándole la bandeja—. Debes alimentarte. —Muchas gracias… no tiene idea de lo agradecida que estoy por todo lo que usted hace por mí. —No tienes por qué agradecer, querida. Lo hago con mucho cariño. ¿Dime, te agradó la doctora? —Sí, es una mujer muy cálida —respondió Penélope. —Me alegra tanto. Verás cómo todo va a tomar su rumbo. Ahora, mientras tú te comes todo esto, iré a v
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