Penélope había llegado al campo hacía diez años que no iba ahí, diez desdichados años. —Mamá viniste, le dijo el pequeño Carlos. —¿Cómo se están portando?, preguntó Penélope. —Bien querida, son adorables, llegas justo para el almuerzo, le dijo Teresa. —Qué bueno —le respondió Penélope. Ella no entendía por qué Teresa era tan cariñosa con ella; no era que la tratara mal, pero sí era indiferente.—¿Sabía que tu sobrina está embarazada?, le preguntó Penélope. —Me lo dijeron hace poco, parece que tu hermano está muy contento con la noticia. —Sí, es muy afortunado de tener descendencia —dijo Penélope. —Mira, yo no los tuve, pero la madre de Dakota llegó a mi vida y me sentí la mujer más realizada, y sobre todo fui una mujer muy amada. Pese a que no pude darle hijos, mi marido fue un hombre maravilloso.—dijo Teresa con una sonrisa. —¿Nunca le reprochó que no le diera hijos? —¡Jamás, querida! Tú eres una mujer afortunada; pese a que no pudiste tener hijos, tu marido y tú adoptaron a
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