**Aria** “¿Leo?” suspiró Aria. “Lo traeré. Estate lista cuando la luz del pasillo parpadee. Ese es el pico de energía para el reinicio. Ve en ese momento.” Ella asintió, sus dedos cerrándose alrededor del metal frío. La casa finalmente se sumió en el silencio profundo de la noche. Aria no durmió. Se vistió en capas: mallas oscuras y un suéter negro fino debajo de su camisón blanco. Se recogió el pelo con fuerza. Metió el alambre, la aguja, el jabón, el cuchillo, el dinero y la llave en una pequeña bolsa de tela que había improvisado con una funda de almohada, atándola firmemente a su cuerpo. Esperó en la oscuridad, todos sus sentidos en alerta máxima. Entonces, la luz del techo de su habitación parpadeó una vez, dos veces, y se apagó por un segundo. Ahora. Estaba en la puerta en un latido. Papo había hecho su trabajo; estaba sin cerrojo. Se deslizó al pasillo. Estaba vacío. Al fondo, cerca de la habitación de Leo, vio una sombra: Papo, sosteniendo un bulto envuelto en una manta
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