Diana mantuvo la cabeza baja mientras se movía entre la multitud cerca del cruce fronterizo.
No había dormido en dos días. Su cuerpo funcionaba a base de adrenalina y del miedo frío y triturante que se había instalado en su pecho en el momento en que se dio cuenta de que Valente la estaba cazando. Su cabello estaba recogido bajo un pañuelo de lana oscuro, bien apretado para ocultar su color. Sus manos, hundidas profundamente en los bolsillos del abrigo, temblaban sin parar. Las obligaba a queda