El sobre llegó a las diez de la mañana, transportado por un mensajero de uniforme gris que parecía incómodo con el peso de lo que cargaba entre las manos. No era el sobre en sí—apenas pesaba doscientos gramos—sino la procedencia que lo convertía en objeto radiactivo: Centro de Reclusión Femenil de Monterrey, remitente E. Santibáñez.Victoria lo observó desde su posición junto a la ventana del despacho de Alejandro en Cortés & Asociados, con Santiago dormido en el moisés portátil a su lado. El bebé había cumplido tres meses la semana anterior, y cada día que sobrevivía parecía milagro arrancado a la muerte con uñas y dientes. Pesaba apenas cinco kilos, pero sus pulmones funcionaban sin asistencia respiratoria y el cardiólogo había confirmado que el soplo detectado al nacer se había cerrado solo.
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