La Sala 3 del Juzgado Familiar había presenciado innumerables veredictos a lo largo de sus treinta años de existencia. Divorcios amargos, custodia de menores, adopciones fallidas. Pero ninguno había congregado tantos periodistas en los pasillos, tanta expectación contenida en cada rincón del edificio. Victoria ocupaba su lugar en la primera fila de bancas, consciente de que cada respiración la acercaba más al momento que definiría no solo su futuro, sino el de su hijo.El traje sastre azul marino que había elegido esa mañana le pareció ahora una armadura insuficiente. A su derecha, Alejandro mantenía la mandíbula tensa, sus dedos tamborileando un ritmo nervioso sobre el expediente que descansaba en su regazo. A su izquierda, Marcus permanecía inmóvil, su expresión indescifrable como siempre, pero Victoria había aprendido a leer las señales sutiles: la
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