La Sala 2 del Tribunal de Familia hervía bajo una tensión que nada tenía que ver con el aire acondicionado defectuoso. Victoria apretaba los dedos contra el reposabrazos de madera oscura, intentando concentrarse en las palabras de la Jueza Mendoza mientras una presión creciente le comprimía el abdomen. Las diez y cuarto de la mañana marcaban el reloj de pared, cada tic resonando como un martillo contra sus sienes.—Señora Santibáñez —la voz de la jueza cortaba el aire espeso con precisión administrativa—, ¿comprende usted que esta audiencia determinará la custodia provisional del menor hasta que se resuelva el juicio principal?Victoria asintió, pero las palabras se perdieron cuando otra contracción le atravesó la espalda baja. No ahora, pensó con desesperación. Faltan seis semanas. No puede ser ahora.—Mi cliente comprende perfectamente —respondió Alejandro desde su izquierda, la mano firme sobre el respaldo de su silla—. Y desea reiterar que Gabriel Santibáñez
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