Al fin una frase coherente salió de sus labios, ni siquiera se había molestado en encender las luces de la recámara, la oscuridad se la hacía más placentera, porque sentía que no podía verse al espejo, había manchado el honor de su familia, y eso no se debía al permitir que Saimon lo besara, se debía que le había gustado.—Arderé en el mismo infierno.No fue un lamento lo que salió de sus labios, sino más bien un pedido, de hecho, una plegaria, un deseo desde lo más profundo de su alma, porque Jamil sentía que al menos así la honra de los Assad quedaría intacta, sabía muy bien que por más que le dijera a Leila lo que había sucedido, la jequesa, su hermana, no lo condenaría, pero la tribu sí, aunque no lo castigaran, si lo condenarían, los murmullos comenzarían, y el honor intachable del Jeque se vería salpicado por su comportamiento inmoral.Jamil no comprendía porque el destino le había jugado esta broma tan cruel, ¿acaso no lo había evitado lo suficiente?, él estaba seguro de que sí
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