La madrugada londinense los recibió con un silencio casi irreal. Las luces anaranjadas de las farolas se reflejaban en el pavimento húmedo, y la ciudad, siempre vibrante, parecía contener la respiración a esa hora. Eran la una de la mañana cuando el avión tocó tierra y, poco después, Thomas y Daniela avanzaban juntos por el pasillo del aeropuerto, arrastrando el cansancio de la semana y algo más pesado aún: todo aquello que no se habían dicho en voz alta.Thomas decidió, casi sin pensarlo, que compartirían un taxi. No había avisado a nadie de su regreso; era sábado, y sabía que la mansión lo esperaba con preguntas, reproches y un clima que no estaba dispuesto a enfrentar esa noche. Necesitaba tiempo. Necesitaba distancia. Y, aunque no se lo dijera de frente, necesitaba estar con ella.El taxi avanzó por la autopista con un murmullo constante. Daniela observaba las luces pasar, una tras otra, como si fueran pensamientos que no lograba atrapar. Se sentía nerviosa, inquieta, consciente d
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