Dimitri Jr. no bajó el arma, pero tampoco disparó, porque hombre que mata rehén pierde palanca, y él era demasiado inteligente para ese error.El cañón de la Makarov seguía apuntando a la sien de Hermann Jr., pero la presión había disminuido lo suficiente como para que el niño dejara de sollozar. Valentina permanecía congelada a tres metros de distancia, cada músculo de su cuerpo tenso como alambre a punto de romperse, calculando si podía cerrar la distancia antes de que el dedo de Dimitri Jr. apretara el gatillo.No podía.Diego lo sabía. Estaba a seis metros, ángulo de cuarenta y cinco grados desde la posición de Dimitri Jr., con visión clara de la trayectoria. Podía alcanzarlo en dos segundos si se movía ahora, taclearlo antes de que reaccionara, romperle el cuello con el impulso del impacto.Pero los cuarenta guar
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