Elena Kozlov, la mujer que había jurado destruir a su familia, acababa de salvarles la vida... y eso, de alguna manera, era aún más aterrador.El conductor del tren yacía en el suelo del pasillo estrecho, la sangre formando un charco oscuro que se extendía lentamente hacia las botas de combate de Elena. Ella guardó el arma en la funda bajo su chaqueta con movimientos calculados, las manos levantándose después en un gesto universal de paz que no alcanzaba sus ojos grises. Esos ojos que Valentina había visto por última vez en Siberia, llenos de una furia asesina que prometía venganza eterna.Ahora solo contenían una frialdad profesional que era, de alguna manera, más perturbadora.Diego mantenía su Glock apuntada directamente al centro de la frente de Elena, el dedo sobre el gatillo con la presión exacta de alguien que había matado antes y no dudar&iacut
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