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El silencio de Lubyanka tenía peso físico, como si las paredes de concreto comprimieran el aire hasta convertirlo en plomo líquido.

Valentina Solís de Cortés despertó con el corazón desbocado, las manos extendidas hacia la oscuridad buscando el cuerpo pequeño de Hermann Jr., los dedos cerrándose sobre vacío frío que le heló la sangre más rápido que cualquier temperatura siberiana.

N

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