Bajo una lluvia torrencial, Vega llegó al ala sur del hospital psiquiátrico "Santa Elena". Tras sobornar al director, bajó a la celda más profunda. Allí, en una habitación sin ventanas, estaba una mujer con el cabello negro azabache y ojos que despedían una chispa de maldad pura: Ginna. El senador Vega no se sentó de inmediato. Primero observó la habitación blanca, las paredes acolchadas, el olor a medicamento viejo y derrota reciente. Ginna estaba frente a él, más delgada, el cabello recogido sin cuidado, los ojos demasiado despiertos para alguien que llevaba varias semanas encerrada. —Te sacaré esta noche —prometió Vega— Tendrás hombres, armas y una nueva identidad. Solo quiero que borres esa sonrisa de la cara de los Marchetti. Ginna frunció el ceño, desconfiada, pero la esperanza se filtró igual. —¿Salir cómo? —preguntó— No soy invisible, senador. Vega sonrió apenas, una curva mínima, peligrosa. —Te vas a escapar, digamos un descuido del personal, en un cambio de turno y q
Leer más