La casa se mantiene en total silencio. En esa clase de silencio profundo que solo existe en altas horas de la madrugada, cuando incluso el viento parece moverse con cuidado y hasta el sonido de una aguja al caer puede escucharse. Afuera, la nieve cae con lentitud tras los ventanales, bajando su intensidad, pero aún así reflejando la luz tenue de las farolas exteriores.Sentado en el sofá principal, Franco se deja envolver por el silencio mientras su silueta se camufla en la oscuridad. Sus manos están entrelazadas al frente, los codos apoyados sobre las rodillas, y la mirada perdida en el exterior como si esperara que el paisaje le ofrezca las respuestas que busca.—Hay cosas que no cambian.La voz grave de Alistair a su espalda rompe la quietud. Franco no se sobresalta. Solo exhala, casi imperceptiblemente. Sin esperar una respuesta, Alistair avanza unos pasos y, sin encender la luz, toma asiento en el sofá individual frente a él. Se acomoda con calma, como si aquella escena no le fue
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