Contrario a lo que se pudiera pensar o esperar, el silencio que cubre la sala no se disipa cuando Siena desaparece en la planta superior. Al contrario, se acentúa aún más si es que eso es posible. Franco permanece inmóvil frente a la escalera durante largos segundos, como si su cuerpo se negara a aceptar que ella ya no está allí, que se ha alejado de él y no puede seguirla, que no puede alcanzarla. El eco de las acusaciones de Siena, resuenan en su cabeza, repetidas, insistente, uniéndose a ese pitido constante que esta vez, parece instalarse en su cabeza para no darle descanso.Adelantando unos pasos, Alistair se coloca a su lado, rígido, con la postura de quien cree haber tomado la decisión correcta al detenerlo, aunque el gesto severo no logra ocultar del todo la preocupación que le cruza el rostro al ver la postura decaída de su hijo. Franco no lo mira. Pero no es necesario, aún sin eso, Alistair nota como tiene los puños cerrados, las uñas clavadas en la palma de las manos, y la
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