Dorian llegó cuando ya había dejado de esperarlo.No porque hubiera perdido la esperanza, sino porque había aprendido, a golpes, que la espera es otra forma de estrategia. Y yo estaba cansada de pensar en términos tácticos.Cansada de medir consecuencias, de anticipar daños, de elegir palabras como si fueran piezas de un tablero que nunca pedí jugar.Había pasado el día entero en un estado extraño, una calma densa que no era paz sino suspensión, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración y yo con él.No dormí. No comí. El cuerpo seguía funcionando por inercia, pero algo más profundo estaba quieto, observando.Cuando escuché el sonido de la cerradura, no me sobresalté, supe que era él.No pregunté cómo había entrado, Dorian siempre encontraba la forma. Antes eso me inquietaba. Esa noche, no.Entró sin decir nada. Se quedó de pie, cerca de la puerta, como si no estuviera seguro de tener derecho a avanzar. La luz del pasillo dibujaba sombras duras en su rostro. Parecía más can
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