El mar Egeo se extendía como un manto de zafiro líquido bajo el sol de la tarde, una calma que contrastaba violentamente con la turbulencia que Zander y Selene cargaban en sus hombros.
Zander había tomado una decisión ejecutiva: Ciudad A podía esperar.
Había dejado a Kethan y Ariadne al mando de las operaciones diarias con órdenes estrictas de no contactarlo a menos que el puerto ardiera.
Su objetivo era simple y, a la vez, casi imposible: recuperar a la mujer que sentía que se le escapaba entr