La niebla matutina aún envolvía el Templo de los Hombres Lobo cuando nosotros, de la Manada Silvermane, comenzamos a preparar el espacio para la ceremonia. Las piedras sagradas, talladas con símbolos de luna y guerreros, brillaban con un brillo tenue, alimentadas por el poder ancestral del lugar. Yo, Iris, me sentaba en la cámara lateral, acompañando a mi madre, Clara, mientras Elena, la sanadora, ajustaba el chal que la protegía del frío. Mi nuevo vestido de seda azul marino, bordado con plata y el símbolo de la Silvermane, reposaba sobre una mesa, listo para ser usado. Orion llegaba y salía, coordinando con sus guerreros, su figura alta e imponente transmitiendo seguridad. Pero en el aire flotaba una sensación de tensión: sabíamos que Darien y la Manada Stoneclaw no dejarían pasar la ceremonia sin pelear.Caleb, el Beta de Orion, entró en la cámara, su mirada alerta. —Han sido vistos —dijo, dirigiéndose a Orion—. Darien, Sylvia y un grupo de guerreros Stoneclaw se acercan al templo.
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