Las sirenas se acercaron hasta la mansión Castellanos con un estrépito que resonó en los pasillos vacíos, sus luces azul y roja bañando las paredes blancas en colores de alerta, como si la casa misma estuviera bajo juicio. Cuando los agentes entraron en mi habitación, sus botas hacían ruido sobre el parqué pulido, y sus miradas escrutadoras se posaron en cada rincón: en la navaja abandonada en el suelo, en el cristal roto de la ventana, en nosotros, un grupo de personas aturdidas por las revelaciones que habían desmoronado nuestra realidad. Mi padre, aún con el rostro rojo de ira pero ahora teñido de miedo, respondió a las preguntas con voz temblorosa, negando conocer a Marco, mientras Elena, sin su máscara de fragilidad, habló con sinceridad por primera vez en mucho tiempo. “Creí que era una intrusa”, dijo, sus ojos llenos de vergüenza. “Creí que venía a quitarme el amor de la familia. No sabía nada de su pasado, de Marco, de nada.” Diego, por su parte, se quedó en silencio, mirando
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