Un mes después de salir del hospital, Alejandro y yo nos instalamos en una pequeña casa en las afueras de Barcelona, rodeada de campos de olivos y jardines llenos de jazmines y rosas blancas. Las paredes, pintadas de amarillo claro, dejaban entrar toda la luz del sol, y en el patio, creamos un huerto donde planté orégano, tomillo y las ramas de olivo que guardé desde el día del accidente. Aquí, no había guantes ni desinfectante en cada esquina; cada mañana, despertaba con el aroma de café que Alejandro preparaba, y él me abrazaba con fuerza, sin miedo a tocarme, sin dudar de mi presencia.Mientras organizábamos las cajas, encontré esa rama de olivo, seca pero intacta. Alejandro me dijo: “Ponla en un jarrón. Será un recordatorio de cómo superaste todo.” Así lo hice, y la coloqué en la mesa del comedor, donde brillaba bajo la luz del sol, simbolizando la fuerza que había encontrado en el dolor.Pasaron las semanas, y el proyecto de Alejandro —un centro de formación para jóvenes en situa
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