Un mes después de salir del hospital, Santiago y yo nos instalamos en una pequeña casa en las afueras de Madrid, rodeada de campos de olivos y jardines llenos de jazmines. La casa tenía paredes pintadas de amarillo claro, ventanas grandes que dejaban entrar toda la luz del sol, y un huerto donde yo podía plantar orégano, tomillo y las rosas blancas que tanto me gustaban. Aquí, no había guantes, no había desinfectante en cada esquina, no había reglas que me impidieran ser yo misma. Cada mañana, despertaba con el aroma de café que Santiago preparaba, y él me abrazaba con fuerza, sin miedo a tocarme, sin dudar de mi presencia.Un día, mientras estábamos organizando las cajas, encontré la rama de olivo que había llevado al cementerio el día del accidente. La había guardado sin darme cuenta, y ahora, al verla, sentí una calma que nunca había experimentado antes. Santiago me dijo: “Ponla en un jarrón. Será un recordatorio de cómo superaste todo.” Así lo hice, y la coloqué en la mesa del com
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