La escaramuza en el Cruce del Acueducto era un ballet brutal y silencioso. Los ciudadanos, impulsados por una rabia desesperada y recién recordada, luchaban como animales acorralados. Los drones, en contraste, eran una pesadilla de eficiencia. No reaccionaban con ira ni con miedo. Simplemente actuaban. Un dron esquivaba un trozo de hormigón lanzado, su ojo rojo rastreaba al agresor y, acto seguido, una extremidad salía disparada. Un rayo rojo abrasador, no de fuerza explosiva sino de un calor intenso y concentrado, golpeaba una pierna o un hombro. La víctima caía con un grito, no muerta, sino incapacitada, con el cuerpo humeando.—No intentan matarlos —observó Lira, con voz baja y tensa—. Mirad. El rastreo no es letal. Están recolectando.La palabra quedó suspendida en el aire, fría y afilada. Recolectando. Era el lenguaje del Archivista, el término estéril para un proceso de horror que aplasta el alma. Estos no eran simples drones de seguridad; eran unidades de poda móviles, enviadas
Leer más