Cuando el sol se hundió bajo el horizonte, la Isla Seathrone vivió una transformación que quitaba el aliento. Las luces se encendieron por toda la finca y proyectaron un cálido resplandor ambarino a lo largo de los sinuosos senderos de piedra. La villa relucía contra el violeta cada vez más profundo del cielo, y sus amplias paredes de vidrio reflejaban los últimos rayos dorados.Más allá de la orilla, el océano se extendía como un espejo vasto y en calma que retenía la última luz del día. Cuando la noche terminó de asentarse, la isla ya no parecía un lugar físico, sino un sueño construido con poder y elegancia puros.Los invitados tomaron asiento mientras una orquesta en vivo, ubicada cerca del borde de los jardines, empezaba a tocar. La música fluía suave y melódica, fundiéndose con el pulso rítmico de la marea. Cada detalle, desde el aroma de las flores nocturnas hasta la disposición precisa de los asientos, había sido preparado con intención deliberada. Nada sobraba y, aun así, cada
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